Pierre Bourdieu (1998)


La domination masculine, Suivi de Quelques questions sur le mouvement gay et lesbien


Edition augmenté d´une préface. Edition du Seuil, 134 pp.



Reseñado por Teresa Orozco Martínez


Freie Universität Berlin


La tarea de hacer una reseña de esta obra se enfrenta a la radicalidad con la que el autor planteó la necesidad de objetivar las condiciones de posibilidad de la ciencia, lo cual obliga un arduo trabajo de reconstrucción sobre las condiciones de su producción y circulación. Del propio Bourdieu se aprende que no hay nada más mítico que imaginar una obra clásica leída por una comunidad académica etéreamente internacional, la cual entra en contacto directo con la materialidad de un texto que sólo precisa ser interpretado. En esta expandida creencia escolástica (illusio) se ignora que los actos de lectura e interpretación pasan por el proceso de traducción no solo lingüística, sino por una amplia red de mediaciones (gate-keepers) y puestas en escena disciplinarias, culturales y políticas.


La dominación masculine (LDM)1 corresponde a la obra tardía de Bourdieu. Su primera versión se publica como artículo en 1990 en las Actes de la recherche en science social una revista que el propio Bourdieu funda en 1975. Esta versión estuvo sometida a una severa crítica por ignorar la producción académica e intelectual feminista sobre el tema. En 1998 aparece la versión ampliada y revisada como libro en las Ediciones de Seuil. Tras su publicación entabla un diálogo con las críticas feministas, intentando esclarecer su estrategia de interpretación, documentado en numerosas entrevistas, conferencias y programas de radio.


Como tarea reflexiva sobre su propia obra, Bourdieu ejercita su teoría sobre la reproducción social aplicándola al análisis de la dominación masculina. Ésta la entiende como una subforma de la dominación social y como uno de los casos fundacionales y más agudos de violencia simbólica. La meta de su exposición queda clara en el prefacio a la edición inglesa y española (que en la edición alemana de Suhrkamp no fue retomado): explicar que el fundamento de la dominación masculina consiste en un incesante trabajo de «eternización de lo arbitrario» (2000:7). Esto alude a una característica que comparten todas las formas de dominación social (de género, étnica, religiosa, de salud mental y física) que, sin ser legítimas, se convierten en el soporte del sentido común dominante a través de un proceso continuo de naturalización de su base social arbitraria y deshistorizada. Este fundamento lo instauran no sólo el orden familiar, sino el Estado, la iglesia, la escuela, los medios o el deporte. Es decir que tanto los sexismos, como los clasismos y racismos se anclan en estructuras y praxis homólogas que los replican y fortalecen al autorizarlos como formas naturales de percepción y clasificación. Este anclaje relacional logra imponer la creencia tenaz de que lo que son efectos, como los cuerpos marcados por la clase, la etnia y el género, son en realidad causas. La doble operación que LDM realiza con éxito, según Bourdieu, es que «legitima una relación de dominación inscribiéndola en una naturaleza biológica que es en sí misma una construcción social naturalizada» (37).


En el primer capítulo titulado «Una imagen aumentada» explicita la construcción social falocéntrica y binaria de la diferencia de género. Apoyado en sus investigaciones etnográficas en Argelia, reconstruye el sistema de clasificaciones androcéntricas que las y los campesinos Cabilios otorgan a los atributos femeninos o masculinos. Éstos se imponen al sentido común como una oposición socialmente transcendente, cuya lógica de construcción no se restringe a las sociedades del mediterráneo. Esta lógica, fuera de ser trivial, convierte todo acto de percepción de la realidad social en actos de reconocimiento de la dominación, replicados con alta frecuencia en la ciencia.


Para Bourdieu, sólo la objetivación de estas dinámicas hace posible el cambio, es decir la transformación de las estructuras relacionales que las posibilitan. Un ejemplo de ello lo ilustra la visión praxeológica y materialista del autor sobre la virilidad (pundhonor), el capital simbólico más alto que tiene el orden masculino. Acumularlo y aumentarlo motiva que los hombres monopolicen los medios de su producción y reproducción a través de un amplio dominio que incluye «las estrategias de fecundidad, estrategias matrimoniales, estrategias educativas, estrategias económicas, estrategias sucesorias, orientadas todas ellas hacia la transmisión de los poderes y de los privilegios heredados» (66). Parte esencial de esta dinámica es el que la virilidad en su condición ideal no se alcanza nunca. Se trata de una estructura relacional que articula misoginia y homofobia a través de un doble miedo: el de excluirse del grupo viril de referencia y «el miedo de lo femenino, y en primer lugar en sí mismo» (71). En cambio, en el caso de las mujeres, las virtudes —virginidad y fidelidad— sólo pueden ser perdidas, confirmando el carácter femenino identificado con la «abstención y de abstinencia» (66).


El segundo capítulo titulado «Una anamnesis de las constantes» focaliza el trabajo que implican los incesantes procesos cotidianos de masculinización y feminización que interpretar la diferencia anatómica como desigualdad, donde la masculinidad se articula como nobleza mientras que la socialización femenina se somete a la obsesión de una corporalidad vigilante que sabe que existe sólo en la medida en que es percibida por un orden social virilizado, el cual incluye a las mujeres que llaman al orden a sus congéneres. Aludiendo a Marx y a Virginia Woolf, Bourdieu muestra cómo los dominantes, al asumir las reglas del juego en sus esquemas corporales y afectivos, terminan siendo «dominados por su dominación» (89). El tercer capítulo explicita la dinámica de la permanencia de LDM incorporada sobre todo a través de los juegos infantiles. La sutilidad con la que se encarnan las posiciones de poder en estos juegos ejercita las estrategias de LDM, ya que éstas se reconocen en la esfera de lo lúdico como autoevidentes.


El libro termina con un post scríptum donde Bourdieu discute en qué medida es posible el amor bajo las condiciones de dominación y añade un corto apéndice donde esboza cuestiones relacionadas al movimiento gay y lésbico. Es interesante observar que Bourdieu, a lo largo de LDM, no habla de procesos de normalización (Foucault) y sólo utiliza una vez la categoría de «heteronormatividad» (Butler) y sin embargo está muy cerca tanto de estas líneas de investigación, como de las perspectivas interseccionales. En este apéndice, el autor cuestiona al movimiento queer cuando éste persigue la conversión del estigma en emblema y propone como alternativa la práctica del degendering: el luchar «a favor de un nuevo orden sexual en que la distinción de los diferentes estatus sexuales fuese indiferente» (145) y por esta vía evitar la guetización logrando inscribir estas luchas «al servicio del movimiento social en su conjunto» (149).


En esta crítica Bourdieu ignora que dentro del propio debate del movimiento queer, algunos grupos pugnan por trascender los debates identitarios y ampliar los frentes de lucha repolitizando, por ejemplo, la precariedad y la violencia de género bajo condiciones neoliberales, lo cual lleva de forma semejante a los movimientos feministas, hoy más activos en países del sur, a la inevitable fragmentación de las luchas.


Otro problema que Bourdieu no logra resolver, es el referirse al movimiento feminista de manera preferencial en el campo del activismo y minimizar su capital simbólico en el campo teórico. Sin embargo, entre las diversas opciones que se han desarrollado para leer LDM, la propuesta que hacen Jäger, König y Maihofer (2012)2 es especialmente productiva, ya que se independizan de las directivas de lectura del propio Bourdieu, lo cual implica invertir de una manera astuta la dirección de su argumento, fortaleciendo una lectura de la LDM como clave para entender su teoría social: sin comprender cómo funciona LDM, no puede ser comprendida la dominación capitalista moderna, ni el lugar central que tiene la violencia simbólica proveniente de la división sexual asimétrica que funda el esquema de la reproducción social.


Bourdieu observaba que un rasgo distintivo de textos clásicos eran las «vulgatas» que circulan, popularizando una mezcla de saberes a medias, malentendidos y prejuicios contra los propios autores. Creo que esto no está en pugna con la socialización de saberes útiles en un «Bourdieu de bolsillo» que tendría que incluir los conceptos claves de LDM. Su riqueza conceptual constructivista y autoreflexiva son un valioso legado.


1 A continuación citaré la versión española: La dominación masculina, la muy bien lograda traducción de Joaquín Jordá, 2000 Barcelona, Anagrama.


2 Ulle Jäger, Tomke König y Andrea Maihofer (2012): Pierre Bourdieu. Die Theorie männlicher Herrschaft als Schlussstein seiner Gesellschaftstheorie in: H. Kahlert, C. Weinbach (Hrsg.), Zeitgenössische Gesellschaftstheorien und Genderforschung, Gesellschaftstheorien und Gender. Einladung zum Dialog, Springer VS.